Difícil de asimilar, pero hay que escuchar. Claro que no es nada fácil para una mamá o un papá que les digan que su hijo les pega a sus compañeros. Porque es un ambiente en el que no están para poder intervenir. Porque el llamado de la institución educativa termina de definir una situación que genera preocupación en el entorno del chico. ¿Qué se debe hacer ante esto? Especialistas sugieren la intervención de un tercero para que pueda intentar poner en palabras lo que le sucede al chico. Es que, generalmente, ellos no saben por qué pegan, por qué insultan. Sí son conscientes del acto, pero no de su motivo.

¿Qué pasa entonces por la cabeza de ese pequeño? Para empezar, la psicoanalista tucumana Florencia Delgado explica que la agresividad es inherente a la subjetividad humana, forma parte de su estructura. Es que el aparato psíquico no viene preformado, se constituye en el primer tiempo de la vida a partir de la acción del otro sobre el niño y no hay manera de que se constituya sin el ingrediente de la agresividad.

“La imagen de sí se conforma a partir de la visión de la imagen del otro. En un tiempo en que no hay percepción de la unidad del propio cuerpo ni diferencia entre yo y yo-no, es esa imagen del semejante la que devuelve al niño una percepción de unidad. Es como si dijera ‘yo soy el otro’. Entonces, el otro pone en riesgo mi existencia, ya que podría anularme. Así también cualquier evidencia de diferencia respecto del semejante pone en riesgo mi sensación de unidad. En cualquiera de las dos situaciones se desata la agresividad”, argumenta Delgado. Y, como ejemplo, describe lo que sucede en los niños pequeños, que están atravesando este tiempo constitutivo, cuando descubren que el otro tiene un objeto diferente al suyo: deben arrebatarlo o bien pegarle, no por el objeto en sí, sino para borrar la diferencia.

Pero con la progresión de la estructura psíquica -añade- se delineará la diferencia entre el yo y el otro y se introducirá para el niño la función de la legalidad que regula la distancia: el otro no es yo y, a la vez, existe la distancia suficiente para impedir que me absorba; ya no está en peligro mi existencia. Pero ojo: esto se logra mejor en algunos casos que en otros.

Lo que pasa después

La experiencia, confiesa la psicoanalista, enseña que en tiempos más avanzados de la infancia y la adolescencia, puede presentarse la agresividad en forma insistente, habitualmente dirigida a algún semejante en particular o a un grupo de ellos que comparten un rasgo en común. “Lo que hoy se denomina bullying, y que antes se llamaba ‘tomar de punto’, encuentra su causa en un tambaleo de la estructura subjetiva -desde el lado del agresor- que no soporta la imagen que el otro le devuelve porque en algún punto pone en riesgo su propia integridad. Ve en el otro algo que no soporta ver de sí, su integridad y existencia se ven amenazadas y se desata la agresividad”, detalla.

En estos casos, Delgado resalta que es importante considerar que el niño no actúa empujado por la maldad y que muchas veces es algo que no puede controlar: “no se trata de que ‘no sepa’ que no se debe dañar al semejante, no suelen darse cuenta de por qué lo hacen, y por lo tanto tampoco podrán controlarlo con un puro ejercicio de la voluntad”.

En primer lugar añade la psicoanalista, es importante para los padres considerar que esto sucede porque el niño tiene alguna dificultad a nivel subjetivo que no puede tramitar de otro modo, implica un sufrimiento y por lo tanto es algo a atender. Entonces, será necesario dar el espacio para que pueda intentar poner en palabras qué le sucede, sin apelar a una posición juzgadora o al castigo mudo. “La sanción, como introducción de una legalidad que pacifique, es necesaria pero también debe ir acompañada de un espacio de palabras. El recurso al psicoanalista permite tanto para los padres como para el niño la introducción de un tercero que acompañe a evaluar la situación y a tramitar eso que desorganiza al niño y que pone en evidencia en el lazo social”, sostiene.

Actuar ya

Para la psicopedagoga Silvia Bono hay pautas de intervención que se deben hacer desde el lugar del adulto, porque -explica- un par (un niño) no puede corregir a otro par. Entonces, el adulto debe tomar la posta. “Deben intervenir con acciones concretas, implementar estrategias para contener y frenar la escalada de estas conductas que, a su vez, son conductas que hacen como una cascada: después del hostigamiento se pasa a la violencia y si llega a la violencia ya es tarde. Hay adolescentes que se han suicidado, porque empezaron siendo hostigados, nadie hizo nada y se termina matando por falta de intervención”, comenta la profesional, con amplia experiencia en esta temática.

Entonces sostiene que el concepto que cabe en esta situación es el de prevención, para evitar que el hostigador gane terreno, y asistencialismo. Luego -detalla- es vital la observación; es que la ausencia de observadores comprometidos e involucrados en las instituciones ocasionan que tanto el hostigador y el hostigado no reciben un adecuado tratamiento psicológico y hasta en algunos casos un tratamiento legal.

Lo que tienen que hacer los padres, aconseja Bono, es no tener miedo a las represalias (“dicen: ‘tengo miedo de que si hablo con él reaccione mal’, ‘tengo miedo que se vuelva inmanejable’”) y aceptar la intervención de un tercero, porque cuando uno tiene un hijo hostigador también es parte de la problemática de su hijo (“En la mayoría de los casos, el padre o la madre son los hostigadores y la conducta se repite afuera. Es un dato estadísticamente comprobado”).

Sobre esto último se explaya: “siempre se pide la intervención de terceros para prevenir el síntoma y tratar la problemática familiar. Es real: hay chicos que naturalizan la violencia y el hostigamiento. Eso se ve mucho hoy”.

Por último, la especialista tucumana sostiene que la mayoría de los padres está en conocimiento del perfil hostigador de su hijo, y eso está estadísticamente comprobado. Pero aclara que muchos no saben es qué hacer. “Pedí ayuda a terceros. No te quedes en silencio. No se buscan culpables. Se buscan soluciones eficaces que frenen la vorágine. Hay veces que se llega tarde y uno de los chicos termina en el hospital Padilla”, finaliza Bono.

> Perfil del hostigador, según la psicopedagoga Silvia Bono

- Los niños y adolescentes que tienen conductas hostigadoras se caracterizan por ser líderes (frecuentemente)-, son los que eligen -por ejemplo- quiénes jugarán y quiénes no. Esa exclusión provoca que el hostigado sea objeto de burlas, ridiculizaciones, bromas, etcétera. La resistencia y frecuencia de estos actos es lo que constituye una situación de hostigamiento.
- Un líder que excluye generalmente necesita un grupo (escenario) que lo secunde, porque realmente el hostigador es un débil, porque sin los otros no puede; se alimenta de la debilidad del grupo (también es un grupo de débiles). Es un grupo secundario pero necesario, integrantes a los que se denomina cómplices.
- El hostigador tiene una conducta desafiante y provocadora, se empodera frente al hostigado, pero desde un lugar ficticio de empoderamiento (es débil, aparenta algo)  y humilla, empobrece, denigra al otro.  El hostigador selecciona, elige a quien hostigará. Eso es un acto premeditado, que lo hace frecuentemente y tiene conocimiento del daño que hace porque el otro llora y lo vuelve a hacer.
- Hay un deseo de molestar, incomodar, dañar. Ese deseo no es para el común de la gente. Entonces, una psicóloga puede ayudar para ver el origen de ese deseo. La terapia ayudará a entender el porqué.